El antisionismo como disfraz del antisemitismo

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Por: Angelo Flórez de Andrade. A diario y sin sorpresa, descubrimos la falta de precisión en el uso de términos políticos y culturales en los medios de prensa colombianos: entre chismes relativos a la novela de las 8 se mezclan los términos hindú e indio, árabe y musulmán, judío y sionista,  etc.

Sin duda, estos errores se deben a la falta de preparación profesional de algunos trabajadores de los medios de la comunicación masiva, sumado al desdén de algunos dueños de medios por “detalles sin importancia”.

Esta clase de errores conceptuales no solo son una constante en los medios masivos de comunicación, también están presentes en los medios especializados particularmente cuando se intenta cubrir sucesos y noticias dedicadas al Estado de Israel.

Parece curioso que tantos auto declarados expertos en Medio Oriente y otros tantos analistas más modestos, pretendan fusionar los términos “judío” y “sionista” desconociendo (en el mejor de los casos) las grandes diferencias que pueden existir entre un concepto religioso y otro político.

No se trata de una cuestión de pequeños detalles conceptuales de los que se puedan quejar amargados como yo, sino de la masificación y profundización de peligrosos estereotipos.

Para romper la errónea equivalencia entre “sionismo” y “judaísmo”, es importante hacer un breve marco conceptual de qué es el sionismo.

El judaísmo es una religión milenaria, amplia en variantes, rica en tradiciones y diversa en prácticas, razón por la cual, es imposible abordarla en unas pocas líneas, por razones de espacio y pertinencia, será mejor abordar y definir el sionismo.

Pocas palabras han sido tan estigmatizadas como “sionismo” pues a esta ideología política se le ha acusado de racista, de ser la versión judía del supremacismo y de ser la ideología causante de todos los males de Medio Oriente, entre otras.

El término “sionista” es tan gaseoso como el de “demócrata”. Dentro del sionismo existen innumerables variantes, unas religiosas y otras laicas; unas que justifican la ocupación de Cisjordania, otras que la disfrazan, otras que la condenan. Para entender mejor la diversidad como concepto fundamental en el sionismo, hace falta conocer un breve marco histórico de la creación del mismo.

El sionismo surge en el siglo XIX en el seno del Imperio Austro Húngaro, en un momento en el que el nacionalismo (tanto el étnico como el cívico) comienza su ascenso como ideología de masas en toda Europa.

Es en este momento cuando Theodor Herzl, un judío laico de familia que intentó asimilarse a la cultura germano austriaca,  funda el sionismo.

Para Herzl, en la Europa de la época es imposible que los judíos sean aceptados en los Estados nacionales que poco a poco se consolidan, la única solución posible para los judíos, anota Herzl, es la creación de un Estado nacional judío: tanto para ortodoxos como para laicos (como él mismo), para judíos germanizados o para judíos sefardíes; podía estar en Palestina, Uganda o Argentina; eso sí, un Estado-Nación inspirado en modelos europeos, como no podía ser de otra forma para un judío liberal como Herzl.

De esta pequeña reseña histórica e ideológica podemos extraer varios elementos constitutivos del sionismo: 1) El sionismo es una ideología política 2) el sionismo es una ideología que bebe de dos vertientes ideológicas políticas europeas: el nacionalismo cívico y el liberalismo 3) El sionismo, ya desde sus orígenes, es una ideología diversa que engloba a diferentes comunidades en diáspora (mizrahíes, asquenazis, sefardíes).

Mucho más claro a la hora de enunciar los objetivos generales del sionismo es el Primer Congreso Sionista, celebrado en Basilea, en el que se asegura que el fin fundamental del sionismo es “la creación de un hogar nacional para el pueblo judío”.

La definición presentada por el Congreso de Basilea genera la posibilidad de una gran flexibilidad ideológica, pues si bien habla de un “Hogar Nacional”,  no se habla directamente de las condiciones políticas del Estado ni tampoco de fronteras, ni vecinos, ni minorías.

Una definición tan gaseosa permite la convivencia de diferentes pensamiento político dentro de un solo término: hay espacio en el sionismo para el socialismo kibbutznik, para las doctrinas religiosas de la restauración del muy balcánico Gran Israel.

Una vez creado el Estado de Israel (1948), las diferencias ideológicas entre los que se autodenominan “sionistas” no deja de ensancharse uniendo a sus seguidores únicamente por el deseo de conservar la existencia e independencia de su Estado. Quienes lo tienen clarísimo son los antisionistas ultraordoxos de la secta Neturei Karta (entre otros), para ellos, el Estado de Israel es un reto al judaísmo porque entienden que sólo es posible la construcción de un Estado judío cuando el mesías llegue. Algo que quienes equiparan sionismo con judaísmo presuntamente ignoran (o quieren que ignoremos).

Hoy en día se denominan sionistas grupos políticos tan diferentes como el nacionalista-laico Israel Beytenu, el movimiento ultrortodoxo Gush Kativ, pero también el grupo de izquierda laica Meretz (partido político que ha luchado incansablemente por alcanzar acuerdos políticos con los palestinos) o el movimiento social  “Rabinos por los Derechos Humanos”, dedicado entre otras labores a condenar la ocupación y a mejorar la  producción agrícola  de  los pequeños campesinos palestinos en Cisjordania.

Los conflictos étnicos y religiosos, no sólo el árabe-israelí, requieren de un alto nivel de precisión en conceptos y términos, pues la mala utilización de uno de ellos puede terminar invitando a malas interpretaciones y consolidación de estereotipos (deliberadamente o no).

Ser cuidadoso no implica abdicar a las ideas, todo lo contrario, significa demostrar conocimiento del tema.

Un ejemplo concreto de lo peligroso que resulta la mala utilización de los términos es el llamado al boicot a Israel (un eufemismo para “repudio todo lo israelí”: incluidas artes y academia, como sucedió con la cantante Noa en Barcelona) y no dudo de las buenas intenciones de algunos románticos que creen que por medio del boicot se suspenderá la ocupación en Cisjordania.

Sin embargo, una acción de este tipo termina castigando no sólo a los partidarios israelíes de la paz negociada (religiosos o no),  sino también a judíos en la diáspora que no desean establecer vínculos nacionales con Israel, a los árabes que viven en Israel o a los miles de israelíes que no tienen especial preocupación por la política.

El boicot a Israel resulta reduccionista, y es la puesta en práctica de pintadas en muro con frases de cajón. Qué buena forma de reencauchar sus ideas han encontrado los antisemitas.

 

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Angelo Flórez de Andrade, internacionalista del Rosario (profesor de la Universidad del Rosario).