Ghana: El basurero electrónico de Europa

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Por. Rodrigo Barbosa

En las afueras de Accra, la capital de la República de Ghana, se ubica el barrio de Agbogbloshie y, en él, se encuentra el mayor vertedero de residuos electrónicos de África –y uno de los más grandes del mundo. A pesar que las Naciones Unidas prohibió –mediante la Convención de Basilea de 1989– la exportación de residuos tóxicos y artículos peligrosos, incluidos los electrónicos, a países en vías de desarrollo; la realidad es que millones de toneladas de aparatos electrónicos dañados y en desuso arriban anualmente a Ghana y Nigeria provenientes del puerto de Amberes (Bélgica), sin que la Unión Europea realice ningún tipo de esfuerzo serio por impedir que se sigan violando estos acuerdos internacionales.

La forma en la cual los países de Europa Occidental logran evadir los acuerdos internacionales y llevar ingentes toneladas de desechos electrónicos a los países de África, se sustenta en los acuerdos firmados entre la Unión Europea y los países de occidente africano, de “donación” de equipos tecnológicos en aras de disminuir la brecha digital entre ambas regiones del mundo. Esta estrategia es una cínica de exportación de aparatos electrónicos, el 75% inservible, que poseen peligrosos componentes tóxicos, a países con una precaria o nula infraestructura para el reciclaje de este tipo de tecnología, que a sus tierras arriba por millones y que ha deteriorado enormemente las condiciones ambientales y salubres de las poblaciones que residen en los suburbios de ciudades como Accra (Ghana) o Lagos (Nigeria).

Aunque el 25% de los equipos “donados” por Europa a Ghana se pueden usar, según el estudio de Greenpeace de 2008, el país receptor no cuenta con la capacidad técnica de evaluar la condición de los equipos que arriban al puerto de Tema (el más importante de Ghana), algunas veces aparatos que sólo necesitan un cable o alguna configuración sencilla de software, son enviado directamente al vertedero de Agbogbloshie en la capital, acabando con cualquier posibilidad de cumplir con el supuesto objeto de la ‘donación tecnológica’ para la disminución de la brecha digital.

 

Lo más preocupante de los campos de reciclaje, como el de Agbogbloshie, es que las personas que realizan los trabajos de separación de materiales y de reciclaje, no cuentan con ninguna capacitación, ni recursos técnicos para evitar que peligrosos químicos lleguen a los ríos o se dispersen en la atmósfera al separar los componentes reciclables de los no reciclables. La constante quema de plásticos PVC han deteriorado enormemente la calidad del aire en Accra y en los poblados vecinos; peligrosos químicos, de comprobado efecto cancerígeno en los humanos, como el plomo, el cadmio y el antimonio, entre otros, están siendo liberados en las quemas de los materiales no reciclables y crean un enorme problema de Salud pública en el pobre país africano.

Otro trágico rostro de este problema ambiental y social está asociado con el trabajo infantil. Según Unicef y Greenpeace  en el Distrito de Agbogbloshie, trabajan cientos de niños hasta de 5 años de edad, que están constantemente inhalando no sólo los vapores cancerígenos, sino que también están a la merced de los efectos de los ftalatos –químicos usados para ablandar plásticos de PVC, denominados como altamente tóxicos y prohibidos por la Unión Europea– que tienen un efecto negativo en el desarrollo de los testículos en edades tempranas y la inhalación constante de estos químicos producen infertilidad en los aparatos reproductivos masculinos y femeninos.

La responsabilidad de los efectos negativos del progreso y consumismo tecnológico debe ser asumida tanto por los países dónde se desarrollan y consumen estos artículos electrónicos –mayor regulación para cumplir con las normas internacionales y sanciones más severas en caso de incumplimiento–; como por las empresas que lo producen (Sony, Panasonic, Sharp, LG, Nintendo, Hewlett Packard, etc); mediante la implementación campañas serías y ambiciosas que permitan adelantar programas efectivos de reciclaje, que impidan que los países más ricos y poderosos se aprovechen de la baja institucionalidad de los países más pobres para convertirlos en ‘países basurero’, eludiendo la Convención de Basilea y la legislación internacional sobre la exportación de desechos tóxicos y tecnológicos, con la excusa hipócrita y perversa de las ‘donaciones’ de buena voluntad para acortar la brecha digital entre los países más ricos (contaminantes) y los más pobres (contaminados).

Foto: Andrew McConnell (serie fotográfica ‘Vertedero de basura 2.0′) ganador del Premio de Fotografía Humanitaria Luis Valtueña, España

 

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About rodbarbo

Politólogo. Analista político. Estudiante de Maestría en Periodismo. Investigador de la Universidad del Rosario y Director General de www.thebluepassport.com En Twitter: @rodbarbo